Texto incluido en este nuevo título de la colección A Fondo, de la editorial Akal.

Presentación del libro "La dictadura de los supermercados"

Hasta hace poco siempre tuvimos claro que el principal coste que debíamos asumir en el pago de un kilo de naranjas, un abrigo o un ordenador era el que correspondía al agricultor que cultivaba la naranja, al modista que cosía el abrigo o al fabricante del ordenador.

24/Abr/2017

Hasta hace poco siempre tuvimos claro que el principal coste que debíamos asumir en el pago de un kilo de naranjas, un abrigo o un ordenador era el que correspondía al agricultor que cultivaba la naranja, al modista que cosía el abrigo o al fabricante del ordenador. Este libro, La dictadura de los supermercados. Una mirada crítica sobre la oligopolización de la distribución, nos revela que ahora los costes de producción suponen en torno a un 1% de lo que pagamos por el producto. En cambio, la distribución y el marketing de una mercancía ya fabricada se lleva el 50% de lo que pagamos por él. Basta conocer el dato de que a los trabajadores de una camiseta de Zara, por poner un ejemplo, les toca entre un 0,6% y un 5% del precio final. En cuanto a los alimentos, el 60% de lo que pagamos por ellos se lo quedan las grandes distribuidoras, los súper e hipermercados, a pesar de que apenas asumen costes en la cadena de producción alimentaria. En el caso de la leche, los sindicatos ganaderos españoles denuncian que el 90% del beneficio es para el distribuidor. La diferencia media del precio de los alimentos en origen (campo) al destino (en la mesa) es del 390%. Existen casos en los que el consumidor llega a pagar un 2.000% más de lo que el distribuidor pagó al productor. No hace falta pensar mucho para percibir lo contra natura que es esa situación. Una economía que destina lo que pagamos por los productos no a quienes los elaboran sino a los buhoneros que los venden está enferma. Un sistema que desprecia al que cultiva los alimentos, al que teje y cose la ropa, y al que fabrica los productos y destina la gran parte del beneficio a quien se limita a ponerlo en las estanterías para que los compremos, es una aberración.
Este libro de la periodista Nazaret Castro desmonta incluso todos los argumentos que podrían esgrimir los neoliberales para defender el sistema actual de supermercados. Para empezar, porque no existe libre competencia. En la actualidad asistimos a un oligopolio muy concentradoen el que apenas unos pocos fabricantes controlan la oferta y, por tanto, los precios. No existe la regulación de un libre mercado. Pero es que, además, en el caso que nos ocupa –la distribución–, el oligopolio es doble porque también unos pocos compradores –las empresas intermediarias que distribuyen– controlan las mercancías que se compran a los productores.

Tampoco es verdad que haya mucha pluralidad en nuestros supermercados porque veamos muchas marcas: detrás de esa supuesta oferta hay muy pocas firmas y muy pocos distribuidores. Por ejemplo, sólo Nestlé posee 8.000 marcas diferentes en todo el mundo.

Por último, la supuesta competitividad y bajos precios que, se supone, ofertan los grandes distribuidores es a costa de la explotación laboral, la agresión a nuestra salud, el atropello medioambiental y la burla de impuestos. Por ejemplo, seis de los siete mayores productores de algodón del mundo utilizan para su recogida a menores de edad. Y producir unos pantalones vaqueros requiere 7.000 litros de agua, cuyo impacto medioambiental asumimos todos, no la empresa que los fabrica. La subcontratación impuesta por las grandes superficies en estos tiempos de globalización está suponiendo un coste medioambiental tremendo en términos de desplazamiento de materias primas y productos a la búsqueda de la mano de obra más barata. Así, los escoceses envían su propio bacalao a China, a 16.000 kilómetros, para que los chinos lo fileteen para después devolverlos de nuevo a Escocia. El combustible gastado y la contaminación generada por uno de esos buques gigantes de transporte que viaja desde Shanghái a España son tremendos.

En cuanto a la evasión fiscal, la cadena Ikea, mediante su compleja estructura accionarial, podría haberse ahorrado 2.200 millones de impuestos a lo largo de dos décadas. En España, el «cerebro» financiero de la trama «Gürtel» de corrupción, en su declaración judicial afirmó: «Conseguimos que Alcampo no pagara impuesto de sociedades durante veinte años».

Existe otra gran mentira consagrada en la información que se difunde sobre los supermercados, esa que dice, ante el anuncio de apertura de un nuevo centro, que Mercadona o El Corte Inglés creará X puestos de trabajo en determinada ciudad. No crea ninguno porque los productos que venderá ya los estaban comprando los vecinos antes de que llegara esa firma. Al contrario, los estudios revelan que la apertura de una gran superficie va acompañada de la pérdida de 276 puestos de trabajo y el cierre de pequeños comercios en un radio de 12 kilómetros.

El poder que el sistema actual ha dotado al oligopolio de la distribución ha supuesto un vuelco al planteamiento tradicional de la oferta y la demanda. Si en el capitalismo el mito de que el consumidor era el que, con su poder de elección, mandaba nunca fue del todo verdad, ahora lo es menos todavía, puesto que un pequeño grupo de empresas que no producen nada son las que deciden qué productos se pondrán a la venta y cuáles no, y a qué precio. Son ellas las que decidirán qué libros leeremos, cuál cereal comeremos, qué deporte practicaremos y con qué tipo de ropa, de dónde procederán las frutas que llegarán a nuestra mesa e, incluso, si es necesario, pondrán poner en jaque a un gobierno desabasteciendo a la ciudadanía de productos básicos como ha sucedido en Venezuela.

El poder que tienen las empresas de distribución mediante su tremendo presupuesto en publicidad tiene su reflejo en el silenciamiento de su funcionamiento en los medios de comunicación, y no solamente mediante inserciones publicitarias. Ahí está la política de notoriedad de El Corte Inglés en la sociedad española en decenas de millones de euros, justificados como patrocinios, colaboraciones, donaciones y pagos de diversa índole. Según la información difundida por Anonymus, desde 2011 a 2016 El Corte Inglés ha destinado más de 53 millones de euros a financiar actividades deportivas, eventos de la Iglesia católica o trabajos periodísticos, incluidos miles de euros a conocidos periodistas. Por todo ello, mucha de la información que Nazaret Castro destapa en La dictadura de los supermercados no se encuentra en los medios de comunicación.

Para terminar, debemos recordar que nuestra autora, la periodista Nazaret Castro, es una gran conocedora de la temática. Tiene un máster en Economía Social y Solidaria (Universidad Nacional General Sarmiento, Buenos Aires) y es cofundadora del colectivo de periodismo de investigación independiente Carro de Combate, dedicado a investigar los impactos socioambientales de los productos que consumimos. Durante más de un año ha estado investigando el funcionamiento de los supermercados, hipermercados y grandes superficies para destapar el poder y control que cada vez más están teniendo sobre nuestro consumo y, por tanto, nuestras vidas. Después de leer este libro, nuestro paso –si nos quedan ganas– por los pasillos del centro comercial será muy diferente.