Presentación del libro “No es la religión, estúpido. Chiíes y suníes, la utilidad de un conflicto”, de Nazanin Armanian y Martha Zein

La tesis de este nuevo libro de la colección A Fondo que tiene entre sus manos es que diversos dirigentes, potencias imperialistas y grupos económicos y empresariales han llevado a la confrontación y a la guerra a los musulmanes bajo la excusa de la discusión sobre la sucesión de Mahoma.

06/Nov/2017

Hace más de diez años, en el sur del Líbano, un dirigente de Hezbolá (chií) me intentaba convencer de que los comunistas y los islamistas debíamos unirnos para luchar contra el imperialismo. Yo le respondí que fueron los islamistas los que se aliaron en Afganistán con EEUU para combatir el comunismo de la Unión Soviética y el de los propios afganos. Indignado, el de Hezbolá me aclaraba que su corriente islámica no tenía nada que ver con la de los talibanes afganos (wahabíes). Efectivamente, hoy en el mundo musulmán están combatiendo a sangre y fuego los chiíes contra los suníes, aunque ambos se sigan uniendo para combatir a la izquierda.

La tesis de este nuevo libro de la colección A Fondo que tiene entre sus manos es que diversos dirigentes, potencias imperialistas y grupos económicos y empresariales han llevado a la confrontación y a la guerra a los musulmanes bajo la excusa de la discusión sobre la sucesión de Mahoma. De ahí el título, No es la religión, estúpido. Chiíes y suníes, la utilidad de un conflicto, que intenta mostrarnos que el origen de este combate de islam contra islam no es el islam. Sus autoras nos aportan suficientes conocimientos, antecedentes e información geopolítica para demostrarlo. Al igual que el enfrentamiento entre chiíes y suníes, que se acusan mutuamente de herejes, y que inspira esta obra, todas la guerras en las que aparece un elemento religioso poseen como elemento fundamental otros intereses geopolíticos y de control de recursos o mercados, pero en las cuales se consigue movilizar a los combatientes, carne de cañón, al grito de su Dios.

Gracias al trabajo de nuestras autoras conocemos cómo en Siria se han dado las condiciones de una tormenta perfecta para que confluyan muchos intereses geopolíticos, el emergente protagonismo de Rusia, las negociaciones secretas –y los atentados– entre los gobiernos, las connivencias entre el ejército israelí y algún frente de Al Qaeda, el difícil equilibrio del pueblo kurdo que siempre termina en el suelo, el porqué de la guerra en Yemen o la represión en Baréin, el caos en el que han quedado Iraq, Afganistán o Libia tras su paso por el tamiz de la «liberación» de las bombas de la OTAN. Y, sobre todo, entenderemos los intereses de potencias regionales como Turquía, Irán o Arabia Saudí.

Sin embargo, hay algo que no se puede negar: aunque muchos líderes religiosos y creyentes no compartan la doctrina de la violencia y el enfrentamiento contra el otro porque consideran que la existencia de Dios tiene como objetivo proteger al ser humano de la violencia y las adversidades, a lo largo de la historia de la humanidad, ha sido en su nombre el modo más eficaz y efectivo para invadir, colonizar, esclavizar y masacrar a otros pueblos. Las cruzadas cristianas contra los musulmanes, la Guerra de los Treinta Años entre cristianos en Europa, las guerras entre católicos y protestantes calvinistas en Francia, la evangelización para colonizar América, la Rebelión Taiping en China, el conflicto árabe-israelí, los atentados del 11-S y todos los que han ido llegando.

Efectivamente, como dicen nuestras autoras, no es la religión la razón (o sinrazón) de las guerras. Probablemente sin religión los intereses de los diferentes gobiernos, potencias y grupos económicos fuesen los mismos, pero es con el uso de la religión y en su nombre como llevan al matadero a miles de seres humanos. Y es con la coartada de la religión con la que nos quieren hacer creer a los demás que no existen intenciones y provechos miserables –incluidos los de nuestros gobiernos y las empresas de nuestro entorno– en todas esas guerras y conflictos.

Para poder comprender el uso –y abuso– de la religión necesitamos remontarnos hasta siglos atrás. Si, además, se trata de regiones del mundo y creencias que nos resultan ajenas a los europeos, se hace necesario todo un ejercicio de desencriptación cultural –o encriptación a la nuestra–. Los primeros capítulos del libro se dedican a ello, sólo así podemos entender el mundo musulmán de hoy. Creo sinceramente que contamos con dos autoras privilegiadas: Nazanín Armanian, de origen iraní, y Martha Zein, de origen alemán. Las procedencias perfectas para desencriptar y encriptar. Ambas conocen a la perfección Oriente y Occidente, el islam y el cristianismo. Este es el cuarto libro que escriben juntas. Y además, como mujeres, son las adecuadas para desencriptar los patriarcados inherentes a todas las religiones.

Otro elemento que Armanian y Zein nos descubren gracias a los antecedentes que nos exponen, es el paso de un mundo dividido entre socialismo y capitalismo durante la Guerra Fría a un mundo mucho más complejo, más confuso y, lo que es peor, mucho más irracional. Tras la caída del bloque socialista, el predominio capitalista ha intentado imponerse mediante el manejo de la parte más supersticiosa y tenebrosa del ser humano: la intolerancia religiosa, el desafecto a la vida mediante la creencia en la inmortalidad. Nuestras autoras nos descubren sociedades y grupos que un día creyeron en valores racionales, solidarios y redistributivos y ahora han sido empujados al culto fanático, la guerra santa y la intransigencia a lo diferente. Un empuje al que no ha sido ajeno Occidente. Con su soberbia, su xenofobia, su saqueo de recursos naturales, su intervención en conflictos locales, su negocio de las armas, su imposición de gobernantes satélites…

Es verdad, no es la religión. Pero ha sido la mezcla de intereses capitalistas materiales y de miserias religiosas supraterrenales las que están sembrando de dolor y muerte al mundo musulmán. Por eso yo, que soy menos respetuoso que las autoras, puedo decir que maldigo las dos cosas.