Seguiremos contra el mal, contra el capital

Nuestras ideas y nuestro activismo deberá encargarse de recordar a Lolo Rico y mantener viva la justa rima entre mal y capital.

21/Ene/2019

Creo que sería por 1993 cuando conocí a Lolo Rico, ella fue una de mis primeras entrevistas para Mundo Obrero, la realizamos en esa inolvidable casa frente al café del Nuncio, en el Madrid de los Austrias donde vivía. Lo que comenzó siendo una charla de dos horas con la directora de La bola de cristal terminó sentando las bases de una amistad que mantuve durante muchos años, hasta que su ausencia de Madrid nos alejó. Quiero pensar que para ella también supuso un punto de inflexión porque a partir de entonces se acercó al PCE hasta llegar incluso a colaborar regularmente en Mundo Obrero.

A partir de ese momento, nuestras largas conversiones, las fiestas que organizaba (era una espléndida anfitriona), las noches que me quedaba en su casa cuando fui yo quien dejó de vivir en Madrid y visitaba la capital con regularidad, nuestra manera de compartir frustraciones y rabia, nuestros debates en torno a Euskadi, nuestros amigos comunes, fueron estrechando una amistad que nunca agradeceré bastante.

Gracias a Lolo comprendí algo de la izquierda abertzale, descubrí tantos libros, documentales y películas a través de su orientación, conocí a muchas personas interesantes gracias a su mediación, desde Carlo Frabetti a Carlos Fernández Liria, sin olvidarme de su hijo Santiago Alba, pocos saben que mi amistad con él surge a partir de la amistad con su madre. Gracias a él sigo viendo a Lolo en cada rincón de su casa de Piedralaves.

Pocos imaginan que detrás del hablar sereno y dulce de Lolo había un temperamento firme y torrencial cuando se indignaba. Y doy fe que lo hacía con muchas cosas: las injusticias que cometieron contra ella en RTVE, los políticos que le defraudaron, y cualquier infame que salpicara la vida cultural e institucional, que no eran pocos.

La libertad de pensamiento de Lolo había provocado que volara a su aire, sin organización ni institución que la protegiera. Pero como ella decía, un comunista nunca está solo. Y era verdad, nunca le faltaron amigos, incluso en sus arrebatos de furia en los que uno solo podía alegrarse de no encontrarse entre sus enemigos. Ella me enseñó a, como diría Gramsci, no ser indiferente y tomar partido. Tomar partido con rabia, la rabia que se necesita para luchar. Acababa de volver de El Salvador y le explicaba la escena de unas familias humildes del FMLN en campamentos precarios mientras sobrevolaban aviones del ejército. Ella me interrumpía para decirme que había que contarlo como pueblo inocente en la tierra frente a criminales en los aviones, no se podía contar de otra forma.

A Lolo le tenía furiosa que la misma empresa que le había marginado, RTVE, siguiera sacando pecho periódicamente por el éxito y ejemplo de libertad que supuso La bola de cristal. Es curioso, mientras todos recordábamos con añoranza el programa, en ella no se percibía ninguna melancolía por esa experiencia, Lolo siempre miraba hacia delante, preparando libros, escribiendo columnas, con proyectos sobre los que nos consultaba a los amigos. Fuimos los demás los que nos quedamos en La bola de cristal, ella seguía haciendo cosas estupendas (una docena de libros, conferencias, guiones, columnas de prensa...). Algunas veces pienso que también sus enemigos intentaban dejarla congelada en aquel programa para no tener que contar los libros que escribió después, sus pronunciamientos, sus denuncias y críticas sobre la actualidad... Muchos medios nos hablarán bien ahora de Lolo, pero el único que tiene a nuestra disposición sus columnas es Mundo Obrero, el órgano del Partido Comunista de España.

Ahora que se ha ido recuerdo los buenos momentos pasados juntos. El día que me la llevé a mi pueblecito de Albacete a hablar con la gente en la sencilla biblioteca, el encuentro casi clandestino que organizamos en Madrid para que la dirección de Herri Batasuna se enfrentara en franca y sincera discusión a la izquierda madrileña, sus recomendaciones de libros y películas para mi hijo Camilo, los paseos por su barrio con sus perros labradores que, según contaba Santi, la hacían ir como Ben Hur en la carrera de cuadrigas.

Hace más de diez años que no nos veíamos, sabía de ella por Santi, Julio Suárez tuvo la acertada idea de rodar un documental sobre ella hace unos pocos años, “Lolo Rico: la mirada no inventada”, no dejen de verlo. La edad no pasa en balde y Lolo se iba apagando y silenciando. Ahora se ha ido. Es curioso, me ha pillado leyendo el libro de Víctor Lenore sobre la movida madrileña (Espectros de la movida. Por qué odiar los años 80. Akal), un estudio muy crítico donde denuncia el carácter frívolo de aquel movimiento, reaccionario incluso, al promover consumo, droga y diversión en una década de reconversión industrial, despidos y crisis. Resulta paradójico que Lolo Rico pudiera hacer un hueco en ese hedonismo para el programa más irreverente e ideológicamente comprometido de nuestra televisión infantil. Por eso muchos no lo podían tolerar, despidieron a la bruja Avería y a Alaska la dejaron para que hiciera anuncios del banco ING Direct. Nuestras ideas y nuestro activismo deberá encargarse de recordar a Lolo Rico y mantener viva la justa rima entre mal y capital.