Página personal del Periodista Y Escritor Pascual Serrano

El policía no es la solución

Este fin de semana se celebra la Cumbre de Washington que conmemora –es un decir- los 50 años de la creación de la OTAN. Esta efeméride, se supone, ha de servir para que los allí autoconvocados se replanteen su papel en el orden internacional, su estructura y su probable ampliación. Probablemente uno de las cuestiones prioritarias sea la estrategia de intervención de la organización armada más poderosa del mundo en los países o regiones que, a su entender, requieran la actuación militar de las tropas de la OTAN. Intervenciones todas ellas presentadas a la comunidad internacional bajo el calificativo de “mantenimiento de paz” o “misiones humanitarias”. En realidad el vocabulario de la OTAN a muchos nos dejó de resultar creíble cuando nos enteramos que setenta civiles muertos por un misil son un “daño colateral”.

La Cumbre de la OTAN servirá para discutir sobre algo que, en realidad, ya se ha llevado a la práctica en Yugoslavia: la legitimidad o no para que este bloque intervenga militarmente bajo el paraguas de necesidades humanitarias que ellos mismos previamente han evaluado y cuantificado. Hace pocos días, en una reunión de diferentes colectivos sociales de Albacete, pude escuchar bienintencionados comentarios sobre ese fascinante debate entre la contradicción que tantas veces se presenta entre el derecho internacional y las razones humanitarias. Incluso se puso el ejemplo del juicio a Pinochet como éxito de intervención humanitaria necesaria para evitar la impunidad del dictador. El debate no es otro que el de preguntarnos la necesidad y legitimidad de la intervención de la comunidad internacional en los casos de violación masiva de los derechos humanos en algunos países. Esa es la justificación de la OTAN para adscribirse el derecho de actuar militarmente y ese es el argumento por el cual muchos ciudadanos consideran oportunas esas intervenciones.

Este análisis requiere muchas otras reflexiones. Para empezar, desmentir algunas de las premisas que se suelen exponer. La OTAN no es la comunidad internacional, es un bloque militar. Tampoco, como suelen afirmar los defensores de las intervenciones, la OTAN es el órgano representativo de los “países libres”, a ella pertenecen países como Turquía con un oscuro historial de violaciones de derechos humanos, y a ella no pertenecen algunos países europeos como Suecia o Suiza. Por otro lado, por razones geográficas son ignorados países desarrollados como Japón o Australia y regiones enteras como América Latina o Asia. La OTAN es un bloque militar creado en 1949 por diez frente a la hipotética amenaza soviética. Hoy, ante la ausencia de esa amenaza, no es otra cosa que la estructura militar coordinada bajo un mando común de los diecinueve países que la componen. Con funciones y métodos de actuación evidentemente militares, ni políticos ni diplomáticos.

Aceptar la intervención de la OTAN como método de restauración de los derechos humanos en una región o país fuera de las fronteras de los países que la integran, tal y como pretende consolidar la Cumbre de Washington y ya se ha hecho en Yugoslavia, supone asumir muchas cuestiones, al menos discutibles. En primer lugar, ignorar el derecho, las leyes internacionales y, por tanto, las instituciones internacionales como método de convivencia entre los pueblos. La OTAN, como se ha visto en Yugoslavia, decide cuál es la actuación necesaria. Si el Consejo de Seguridad de la ONU no garantiza su acuerdo con la decisión de la OTAN, se le critica apelando a su falta de democracia. Como si el mando militar de la OTAN fuera más democrático. ¿Quién decide qué situación es injusta como para intervenir?, ¿qué grado de injusticia o violación de derechos humanos se requiere?, ¿cómo se decide quién es un dictador que oprime o su pueblo y quién no?, ¿cómo se consulta a los ciudadanos de los países del bloque?; ¿cómo se conoce la opinión ante la intervención que tiene la población objeto del salvamento?. En las dos últimas ocasiones que el bloque multinacional ha intervenido contra dos gobernantes considerados como dictadores –Sadam Hussein y Milosevic-, no solamente no ha logrado derrocarlos sino que han provocado una mayor adhesión de la población al régimen. Algo, por otro lado, lógico puesto que la intervención militar en nombre de una salvación externa lo único que les traía era humillación y bombas.

Los que aceptan la legitimidad de las intervenciones de la OTAN están asumiendo, además, la competencia del bloque militar para decidir dónde hay violaciones de derechos humanos que necesitan su actuación, qué pueblos “merecen” ser salvados, quiénes son los responsables de esas violaciones. Y, por supuesto, con un solo método de actuación: la violencia. No olvidemos que estamos hablando de una organización militar. Se está organizando una sociedad –la internacional- mediante la subordinación al policía, no al derecho, ni al legislador, ni al juez. Los ciudadanos que aceptan la intervención de la OTAN están renunciando a un derecho internacional, a un órgano supranacional que lo regule y a un tribunal internacional para darle todas las competencias al policía, en un ingenuo intento de atajar en el camino hacia la consecución de la paz y la justicia. Tenemos muchos ejemplos de cómo les ha ido a muchos países cuando ha aparecido un militar dispuesto a salvar el país sorteando el derecho para poder llegar antes a la “justicia y el orden”.

A todas esas personas que, desesperadas, se consideran impotentes ante las masacres, violaciones sistemática de derechos humanos, limpiezas étnicas, explotación e injusticia que existe en el mundo quiero decirles que la solución no la va a traer ningún Superman justiciero a mamporro limpio, véase OTAN. Las vías de solución a todos esos problemas han de venir, además de otros muchos elementos, del control y reducción de la venta de armas, la creación de unas relaciones de producción y comercio norte-sur más justas, un mayor control de los ciudadanos en las decisiones de sus gobiernos, la creación de un Tribunal Internacional y el desarrollo de unas Naciones Unidas verdaderamente democráticas y representativas de la comunidad internacional. Ya sabemos que eso no es fácil ni se va a conseguir en un plazo corto de tiempo, pero no podemos atajar dándole la batuta –y el garrote- a quien tiene cómo único mérito ser el más fuerte del barrio. Quizás algún día decida que su enemigo somos nosotros.

 

Please follow and like us:
Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Configurar y más información
Privacidad