Página personal del Periodista Y Escritor Pascual Serrano

«De brazos cruzados. El fracaso de la ONU en los conflictos internacionales», de Linda Polman


Tras lo acontecido los últimos meses, poca gente puede haber que tenga un buen concepto de las Naciones Unidas. Para los pronorteamericanos es una rémora económica, inoperativa y burocrática. Para los antiimperialistas, un muñeco roto en manos de los países con derecho a veto en el Consejo de Seguridad, o simplemente de Estados Unidos.

Y mucho nos tememos que, por una vez, ambos bandos tengan razón. Y si alguien necesita ejemplos, datos y experiencias, aquí está el libro «De brazos cruzados. El fracaso de la ONU en los conflictos internacionales» de Linda Polman, en el que relata situaciones que podrían ser cómicas y surrealistas si no fuera porque antes que nada son tragedias que deberían de avergonzar al género humano.

Muchas de las situaciones que relata me recuerdan mi contacto con las tropas de las Naciones Unidas en las guerras de El Salvador y en Guatemala al principio de la década de los noventa. Observando el cumplimiento del alto el fuego o el cumplimiento de los acuerdo de paz, donde los salvadoreños les llamaban irónicamente Vacaciones Unidas.

Esta periodista holandesa muestra las misiones de paz de la ONU en Somalia, Haití, Ruanda y Sierra Leona, donde fue testigo directo: «De los diez países que destinan más tropas a las misiones de paz de las Naciones Unidas, nueve de ellos están en la lista de los países más pobres de la Tierra». Es lógico, allí la carne humana es más barata para mandarla a la guerra y los gobiernos que aportan soldados se embolsan una auténtica fortuna. Por eso a Bosnia llegó «un batallón de guerreros samburu procedente del desierto septentrional de Kenia y un grupo de pequeños bosquimanos viajó a Somalia en representación de la ONU. Los cascos azules que fueron a Ruanda eran en su mayoría etíopes, mientras que los de Haití eran yibutianos y guatemaltecos». No importa si no están dotados ni preparados, ni si resuelven algo sobre el terreno, su función es lavar conciencias y que algunos caciques gobernantes se embolsen unos dólares «azules» de la ONU aunque sea a costa de la vida de pobres soldados.

«En su país esos mismos soldados cuestan dinero pero como cascos azules aportan dinero, aproximadamente mil dólares por soldado al mes. Los soldados de los países ricos perciben la paga directamente de las Naciones Unidas, pero los gobiernos de los países pobres suelen embolsase los beneficios. Los cascos azules se han convertido en un producto de exportación para esos países pobres, aunque a menudo sus gobiernos tienen que esperar mucho tiempo antes de que les abonen el dinero de la remuneración y el equipamiento, lo que a menudo supone un grave peligro. Por ejemplo, en Kuwait, los soldados británicos de las Naciones Unidas localizaron minas terrestres gracias a los detectores que habían traído de su país, mientras que los bangladesíes, que no disponían de material, tenían que utilizar palos», afirma Polman.

«A menudo –continúa la autora- los soldados de las Naciones Unidas procedentes de países pobres consiguen su equipamiento gracias a otros países. En el caso de que se les permita ir a Bosnia, los tres mil soldados pakistaníes recibirán cuando menos un abrigo del Ministerio de Defensa alemán. Es probable que otros miembros ricos les cedan algunas ambulancias y generadores. Occidente pone los cañones y el Tercer Mundo la carne de cañón; así es como sucede en la práctica».

Incluso con los muertos se observa esa indignante diferencia. Polman reproduce un breve texto de 1995 de la publicación Jane’s Defense Weekly: «La indemnización que las Naciones Unidas pagan por un casco azul de un país rico que ha resultado muerto en una acción durante una misión de paz es cuatro veces mayor que la cantidad que da por un soldado de un país en vías de desarrollo. Desde finales de 1992, las Naciones Unidas pagan unos 85.300 dólares en concepto de compensación por la muerte de cada soldado de la ONU procedente de un país industrializado, mientras que esa cantidad se ve reducida a unos 19.500 dólares cuando se trata de un casco azul del Tercer Mundo».

En cuanto al Consejo de Seguridad, se trata de una subasta de votos. Quien más dé o más pueda quitar logra que su iniciativa sea la más votada. Ya pueden imaginar quién suele ser. «Las resoluciones de las Naciones Unidas son como los perritos calientes. Si supieras de qué están hechos no te los comerías. Así que no hagas preguntas y limítate a tragártelas», afirma un diplomático estadounidenses.

Mientras que la Carta de las Naciones Unidas establece castigos a los estados por mora de pago, un teletipo de Reuters informaba el 1 de marzo de 1995 que sólo 19 países de los 185 que integran la organización había pagado su cuota dos meses después de vencer el plazo. El resultado es evidente, «el aparato encargado del mantenimiento de l paz mundial» dispone de un «presupuesto equivalente a la cantidad que los ciudadanos estadounidenses se gastan anualmente en la floristería» y cuenta con «menos personal que la agencia de publicidad Saatchi & Saatchi».

En mayo de 1996 un teletipo de la agencia Reuters informaba que las Naciones Unidas se declaraban en bancarrota oficial y que ese día venían a cortarles la calefacción en su sede central por falta de pago. En algunos casos, la ONU ha llegado a deber dinero a países pobres como a las islas Fiji tres millones de dólares, mientras que los estados ricos seguían sin abonar su cuota a la organización. Así se lo dijo a este país el secretario general Boutros-Ghali: «Mientras los estados miembros no paguen, es como si disfrutasen de un crédito de tres millones a costa vuestra y sin pagaros intereses».

Otro fenómeno importante son los flujos de dinero hacia las empresa privadas en las intervenciones militares de las Naciones Unidas. «La guerra del Golfo sirvió para abrir los ojos a muchos, especialmente al Pentágono, sobre otra de las importantes ventajas que suponía la privatización del apoyo logístico, pues la presencia de empresas privadas contribuía a tranquilizar a la opinión pública». Cuantos más empresarios y buscavidas que contratasen a desgraciados locales, menos soldados del primer mundo deberían ir a la guerra. Sólo en Somalia, las Naciones Unidas se gastaron 166’5 millones de dólares en contratos civiles. En 1994, el dinero que gastó la organización fue de 1.400 millones de dólares en misiones de mantenimiento de paz, a esa cifra hay que sumarle los 2.400 de otras organizaciones humanitarias como ACNUR o UNICEF. Las empresas del país que más dinero debe a la ONU, EEUU, fueron las que más cobraron de esos fondos, el 37 %, seguida de Italia e Inglaterra.

Y mientras eso es así, el cinismo de los poderosos responsabilizando a la ONU de sus propios errores no cesa. En 1993, tras la muerte de dieciocho cascos azules norteamericanos en Somalia, el mismo país que gestó esa intervención, Estados Unidos, afirmaba que «la ONU debería haber dicho que no a Somalia».

El papel de los cascos azules, bien por la ausencia de recursos, bien por la limitaciones establecidas a su papel de intervención es ridículo en muchos casos. Así encontramos la escena somalí de niños de seis años que les lanzan latas de refrescos o les arrebatan las gafas de sol. Otras veces algún burócrata ha decidido que lo que se debe hacer es formar una policía local sin que existan fondos ni para comprarles el uniforme.

En otras ocasiones los cascos azules de diferentes países no se coordinan, o incluso aplican criterios de trabajo contrapuestos. Como sucedió en Somalia, donde los italianos llegaron a un pacto, pago económico incluido, con uno de los señores de la guerra más hostil con las Naciones Unidas, Aidid, para que a ellos los dejara en paz. El enfrentamiento llegó hasta el punto de que el entonces secretario general intentó, sin éxito, expulsar al comandante italiano por insubordinación contra las Naciones Unidas. Así quedó el panorama: «Los alemanes se dedican a barrer su campamento. Los canadienses matan a un niño. Los italianos se alían con el enemigo en contra de la ONU. El ejército de Estados Unidos declara la guerra a los mismo clanes con los que las Naciones Unidas intenta llegar a un acuerdo de paz y los legionarios franceses desertan de la misión».

Algunas escenas en los campamento de las Naciones Unidas son inimaginables incluso para el humorista español Gila, como la de un soldado raso indio siguiendo a su oficial con un cuenco de agua cada vez que éste va a la letrina, para que pueda lavarse las manos. O la del soldado irlandés que desde que llegó en el contingente de observadores a Haití «ha estado rellenando un montón de formularios para obtener un casco azul. El único detalle que le identifica como soldado de las Naciones Unidas es un pañuelo azul que lleva en el bolsillo de su uniforme nacional. En realidad, pertenece a su mujer que, conocedora de cómo funciona la ONU, se lo puso en la maleta antes de que partiera hacia Haití».

O ese otro casco azul en Haití, al que acude desesperada una mujer anciana que no tiene ni casa ni qué comer porque su marido la ha echado una maldición vudú. El soldado la convence de que la maldición se resolverá con los polvos antimaldiciones del sobre de limonada en polvo de las raciones del ejército de Estados Unidos. Es todo lo que puede ofrecer la ONU y Estados Unidos.

Situaciones indignantes, como las de soldados bailando borrachos y cenando copiosamente hasta altas horas de la madrugada, en campamentos rodeados de refugiados que se matarían por coger los restos de los cubos de la basura de ese festín. O buscadores de cadáveres en Haití que se pasan por los hoteles para ofrecerles a los periodistas la ubicación de los muertos a cambio de unos dólares.

Elocuente la escena de soldados y contratistas trabajando a destajo para escenificar mediáticamente el retorno de la democracia en Haití, pintando de rosa fuentes públicas que hace años que no funcionan, rodeados de haitianos descalzos, sucios y hambrientos observando el concepto occidental de democracia. Algún haitiano asiste asombrado a la escena, «nunca había visto a un blanco haciendo esfuerzo físico». Se estaba preparando el retorno de Aristide, el legítimo presidente, lo que devolvía la democracia al país caribeño. La operación se llamaba «Restaurar la Democracia». A nadie de las Naciones Unidas ni de Estados Unidos parecía importarle que en el palacio presidencial no hubiese agua corriente y los retretes hubiesen sido robados. Era lo de menos, la foto del presidente Aristide bajando del avión estaba garantizada. Eso era la democracia. A partir de entonces la misión se llamó «Mantener la Democracia», pocos haitianos entendían qué había que mantener. Por cierto, los mismos que trajeron a Aristide se lo volvieron a llevar hace unos meses.

Pero el último capítulo sobre Ruanda es un texto antológico que bien puede pasar a los anales de la miseria de la humanidad. La autora es testigo del asesinato de cuatro mil refugiados en Kibeho (Ruanda): Cincuenta mil refugiados hutus se encuentran hacinado en una alambrada rodeados de soldados. Niños que «se ponen ante nosotros, estirando los bracitos y suplicando que los cojamos. La mayoría tienen heridas con las que intentan llamar nuestra atención. (…) Un niño nos muestra un gran agujero en el cráneo. Otro tiene un trozo de hueso salido. Habría unos diez. Los llevamos todos al campamento. Pero cada vez hay más niños que llegan abriéndose paso hasta la alambrada. Los diez de aparcamiento se convierte en veinte. Se apretujan contra los cascos azules. Miramos sus labios cortados y pálidos por la deshidratación, pero sonrientes. Creen que ahora que están con nosotros han escapado de la muerte. (…) Son los padres quienes, con sus propias manos, están empujando a sus hijos por debajo de la alambrada. Los cuarenta niños han alcanzado ya el centenar. Están sentados encima de los sacos; hay bebés deshidratados sent5ados sobre las rodillas de niños de seis años heridos y todos ellos están tan sucios que no se les puede tocar. Hace ya varios días que los excrementos les resbalan por las piernas hasta caer al suelo. A juzgar por los restos secos, todos ellos tiene diarrea. En Kibeho no queda una sola gota de agua y, por supuesto, no la suficiiente para poder lavar a un niño enfermo».

Y continúa el relato: «Otro bebé cuelga de las manos de un soldado. Los refugiados están intentando salvar a sus hijos lanzándolos por encima de las puertas. ¡Cógelo! ¡Tengo que cogerlos sino se caen al suelo y se matan! –grita el casco azul presa del pánico.»

«No doy abasto a recoger bebés y niños pequeños –añade la autora-. Resuellan por falta de aire, algunos están inconscientes, otros han muerto aplastados. Los soldados zambianos (cascos azules), agarrándose fuertemente con una mano en lo alto de la puerta para no caerse, van cogiendo en el aire a los niños que les tiran y con un movimiento del brazo los barren hacia nosotros. Los cojo de una pierna y los dejo rápidamente en el suelo para poder coger a otro. Cuando empezamos a tropezar por la cantidad de niños que hay los llevamos al dormitorio de los soldados. Con los brazos llenos corremos de un lado a otro y los vamos amontonando hasta que llega un momento que ya no podemos correr sin pisarlos. Los niños lloran, vomitan y se arrastran unos encima de otros. A uno lo han aplastado y otro tiene problemas para respirar. Otro más se golpea la cabeza contra el murto de piedra histéricamente.»

El papel de las Naciones Unidas en ese desastre no puede ser más inútil y absurdo: «Antes estaban muriéndose de sed y nosotros no podríamos hacer nada por ellos. Ahora yacen moribundos por las heridas y seguimos sin poder hacer nada por ellos. Los cascos azules separan los muertos de los heridos y los van depositando a lo largo del muro del comedor de los oficiales. Van haciendo filas ordenadas, es lo único que pueden hacer. Otros cascos azules se arrodillan junto a las víctimas y les cogen las manos para ofrecerles un poco de consuelo».

En ese campo de concentración se estima que murieron cuatro mil refugiados ante el miserable e inútil contingente de 250 soldados de las Naciones Unidas, de los seis mil que había en toda Ruanda.

Bien es verdad, que poco aporta Linda Polman para entender los conflictos que expone y de los que fue testigo de la presencia de las Naciones Unidos. No era esa la función de esta obra, su objetivo es decirle al mundo qué tipo de Organización de Naciones Unidas tenemos, aportar las anécdotas de esos fracasos, descubrir las miserias y mentiras que esconden debajo de la alfombra y despertar e indignar las buenas conciencias de quienes creen que debe existir un organismo internacional que regule la convivencia de las personas.

Después de leer ese libro, quizás podemos explicarnos, por ejemplo, que viendo las resoluciones aprobadas, para el Consejo de Seguridad de la ONU el único lugar donde no se violan derechos humanos de la isla de Cuba es en la base de Guantánamo.

 

«De brazos cruzados. El fracaso de la ONU en los conflictos internacionales». Linda Polman. Editorial Debate. Madrid 2004

 
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