No sé si fue hace quince o veinte años cuando conocí a Manuel Fernández-Cuesta. Vivía entonces en Milán y cada vez que llegaba a Madrid repasábamos la actualidad pública de la política y la privada, Manuel, Mariano Asenjo –por entonces redactor-jefe de Mundo Obrero– y yo. Los tres con la complicidad de quienes se sentían libres y a nadie nada debíamos. Luego Manuel dejó Italia y vino a Madrid y acabó sustituyendo a Mariano al frente de Mundo Obrero. De Milán a jefe de Mundo Obrero, y seguía sintiendo y diciendo lo mismo.
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La periodista Katty Garat se entregó a la vida nocturna, con “fiestas y hombres en locales y pisos privados en plena pandemia”.
Fueron informes “extraoficiales” que “procedían de la revista para la que trabajaba”, sobre la base de las hojas de servicio de sus escoltas. Hablaban de la frecuencia con la que la Redactora de Política y miembro del Comité Editorial de la revista se movía “en locales privados donde entraban y salían hombres. Ni ella ni Paula Quinteros, la fundadora y CEO del grupo editorial se escondían”.
Cada vez estoy observando a más políticos, algunos incluso del entorno del Gobierno, diciendo que no compremos en Amazon porque la empresa no paga impuestos en España, que no pidamos comida por Deliveroo o Glovo porque explotan a los trabajadores. Lo último que han hecho nuestros representantes es denunciar la insolidaridad de los youtubers que trasladan su domicilio fiscal a Andorra para no pagar impuestos y nos recuerdan que los impuestos son fundamentales para que el Estado proporcione servicios públicos.
En nuestros países, con la excusa de protegerlos, metemos a los niños en una urna, en una burbuja que los separa del mundo.
Con motivo de la publicación de su último libro, Naomi Klein hace una afirmación en una entrevista en la revista chilena La Tercera que creo es fundamental: “El gran triunfo del neoliberalismo ha sido convencernos de que no hay alternativa”.